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24 de octubre de 1415, el día antes de la batalla de Agincourt

 

24 de octubre de 1415. Las tropas inglesas y las francesas se encuentran formadas en el campo de batalla de Agincourt dispuestas a enfrentarse en una batalla campal. El ejército inglés, al mando de su rey Enrique V, está cansado y enfermo como resultado del asedio y conquista al que habían sometido a la ciudad de Harfleur y de la larga marcha que habían emprendido hacia Calais. La gran mayoría de sus soldados están enfermos de disentería contraída durante el largo asedio y su moral está muy baja. Los franceses, al contrario que sus enemigos, son mucho más numerosos  y mantienen bien alta su moral. Para ellos, el ejército cansado y enfermo de Enrique V no supone un gran desafío.

No había prisa por atacar, a ambos ejércitos les llevó un buen rato establecer sus posiciones en el campo de batalla. Esto era parte muy importante en las batallas medievales en las cuales no se concebían los ataques por sorpresa, las escaramuzas o la guerra de guerrillas. Los caballeros se situaban en el campo de batalla siempre dando la cara y atacando de frente y con honor. Para la mentalidad medieval (sobre todo para la de los franceses, a los que esta causará graves consecuencias) las batallas eran una especie de combate o justa medieval en la que había que enfrentarse con dignidad, evitando todo tipo de estrategia que fuera contraria al honor de caballero. Esta táctica, continuamente adoptada por las tropas francesas , les había proporcionado ya grandes derrotas como las de Crecy y Poitiers pero  aún así, los franceses no habían escarmentado ni aprendido de sus errores.

Hubiera sido mucho más fácil para ellos permitir que Enrique V hubiera llegado a Calais ya que, después de que hubiera tomado la ciudad, sus ya extenuadas tropas y el mismo volverían a Inglaterra dejando una mínima guarnición defendiendo la ciudad conquistada. No quedaba pues más que volver a sitiar y reconquistar Calais. Enrique, falto de dinero y de tropas por el esfuerzo precedente, no habría podido armar un nuevo ejército para volver a Francia por lo que todo su esfuerzo inicial habría quedado en nada. Esta opinión era compartida por el contestable de Albret y por el mariscal Boucicaut. Ambos tenían demasiada experiencia militar para caer en la trampa de lanzarse a una batalla campal contra los ingleses. Pero, contrariamente a su opinión, los miembros más obcecados del consejo real francés defendían el enfrentamiento con los ingleses como una forma de darles un escarmiento y expulsarlos definitivamente de Francia. Tal opinión fue la que prevaleció y así encontramos a los franceses dispuestos y formados para la batalla el 24 de octubre de 1415.

No obstante, los capitanes franceses sabían que les convenía esperar. Cada hora que pasaba les traía más refuerzos y minaba la moral del ejército inglés cada vez más cansado, hambriento y desesperado. Así transcurrió el día. Al atardecer quedó claro que ese día no habría batalla.

Los franceses, muy confiados y despreocupados, acamparon y se dedicaron a confraternizar y festejar. Los ingleses, visto lo que hacían sus enemigos, también quisieron hacer lo mismo pero en este caso contaron con la oposición de su rey. Enrique actuó rápidamente para acabar con la indisciplina y ordenó que todo su ejército se mantuviera en silencio absoluto. Con ello, Enrique quería evitar ataques nocturnos por sorpresa como el que realizó Arturo conde de Richemont que, gracias a la alerta decretada por el rey, no tuvo consecuencias graves.

Como es lógico, el excesivo silencio del campamento inglés desconcertó a los franceses que pensaron que sus enemigos estaban huyendo durante la noche con lo que aumentó su alegría y euforia. Por otro lado, los ingleses, ante el obligado silencio impuesto por su rey, eran capaces de escuchar claramente el alegre ruido del campamento francés donde sobraba el vino y la comida. Llegaron incluso a escuchar como los franceses, tan seguros de su victoria, se jugaban a los dados al rey inglés y a sus nobles. Sin embargo, se mantuvieron firmes gracias a la frialdad de su rey que hacía oídos sordos a los comentarios y estaba absolutamente convencido de su victoria.

La noche fue muy larga para los ingleses. Cansados y sin un techo para dormir, tuvieron que padecer las inclemencias de un clima hostil. Llovió e hizo frío durante toda la noche por lo que fue muy difícil poder calentarse. Las armaduras de los caballeros sufrían mucho con la lluvia que las llenaba de herrumbre y se oxidaban, más aún después de casi tras semanas de marcha, tiempo en el que no se habían podido limpiar adecuadamente. 

Pero si los soldados ingleses no durmieron, tampoco lo hizo su rey. A pesar de ser casi el único que pudo disfrutar de un techo sobre su cabeza,  Enrique V pasó toda la noche preparándose para la batalla. A media noche, mandó un grupo de hombres a que exploraran cuidadosamente el campo de batalla.  En base a esta información y asumiendo su inferioridad numérica y sus desventajas, Enrique diseñó su plan.

La tradición militar convencional de la época sostenía que un ejército debía formar en tres divisiones (vanguardia, retaguardia y batallón central) y que estas debían colocarse una detrás de otra formando un bloque compacto para atacar al enemigo. Enrique sabía que su ejército era tan poco numeroso que si hacía esto, presentaría un frente muy estrecho a un enemigo muy numeroso que podría rodearlo por los lados y atacar sus flancos con graves consecuencias. De los informes de sus exploradores nocturnos, Enrique conocía que el campo de batalla era bastante amplio, con lo que podría disponer a sus divisiones una al lado de la otra presentando un frente amplio pero estrecho de profundidad, cuyos flancos quedarían protegidos por  unos bosques.

Además, los exploradores habían descubierto que las continuas lluvias habían convertido los campos arados de Agincourt en un auténtico barrizal. Rápidamente Enrique apreció que esto dificultaría el ataque de la caballería y la infantería francesa, lo que daría ventaja a sus arqueros.

Por tanto, Enrique dispuso sus tropas en un frente amplio y estrecho sin dejar una reserva pues no disponía de efectivos suficientes para ello. El mando del batallón central o principal estaría a cargo del propio rey que siempre había manifestado su deseo de participar personalmente en la batalla. Quedaba por tanto determinar quien lideraría la vanguardia y la retaguardia. El honor de ser el líder de la vanguardia recayó en Eduardo duque de York y hermano del rey. El mando de la retaguardia se asignó a Thomas, lord Camoys, veterano soldado que había combatido con Enrique V en las guerras contra galeses y escoceses. 

Como podemos ver, Enrique tenía muy claro como quería disponer sus tropas y sus deseos eran órdenes para todos los integrantes de su ejército. Sin embargo, en el bando francés las cosas no estaban tan claras y las decisiones no se tomaron con tanta facilidad ante la ausencia de un verdadero líder. Visto que ni el rey ni el delfín estaban en el campo de batalla, ni tampoco los duques de Berry, Borgoña, Bretaña y Anjou, la tarea recayó sobre el único príncipe de sangre real presente, Carlos duque de Orleans. A pesar de ser uno de los parientes más cercanos del rey, por lo que contaba con mayor derecho a dirigir el ejército, Carlos era un joven de veinte años totalmente inexperto en temas militares y de estrategia, que nunca había participado en una batalla tan importante. El propio rey o en su defecto el delfín tendrían que haber tenido esto en consideración y haber delegado el mando del ejército a los capitanes más experimentados que en esos momentos eran De Albret y el mariscal Boucicaut. Pero ninguno de estos dos  capitanes había recibido poder alguno para asumir el mando de la batalla y pasar por encima de los príncipes de sangre. Es más, ambos habían servido a las órdenes de Luis de Orleans, padre de Carlos, por lo que se hacía más difícil que pudieran hacer valer su autoridad sobre su hijo.

La situación no pintaba nada bien para los franceses aunque ellos no alcanzaban a darse cuenta. Su superioridad numérica sobre las tropas inglesas no iba a ser suficiente para compensar la falta de un liderazgo único y experimentado. Estando así las cosas, también ellos prepararon su ejército para la batalla aunque a diferencia de los ingleses, pasaron toda la noche entre cánticos y celebraciones de victoria. Pocos de ellos podían imaginar el desastre que ocurriría al día siguiente.

Fuente: Juliet Barker, Agincourt, El arte de la estrategia

        Isaac Asimov, La formación de Francia